Música sacra

La música ha sido, y continúa siendo, una parte fundamental de la cultura de todas las civilizaciones de la historia. Es tal su importancia que es imposible imaginar una cultura sin ella ya que forma parte de la esencia humana. Pero cabe destacar que el desarrollo musical en Europa se debe en gran parte a la importancia y la relevancia de la música en la liturgia cristiana.

La iglesia aprovechó la música, con la composición de himnos y responsorios, para facilitar la participación de los creyentes en las ceremonias religiosas. De ahí, el gran patrimonio que tenemos en Europa de motetes, misas, salmos, y cánticos como el Magnificat, Gloria, Credo, Stabat Mater, Pater Noster, Ave María y Te Deum.

El hecho de cantar estos himnos con textos en latín sirvió, de una manera, para propagar la música religiosa por toda Europa y unificar estilos de composición. Y más relevante aún es que la música litúrgica servía para elevar las almas de los creyentes hacia Dios. Como dijo el Papa Benedicto XVI en un discurso sobre “La Liturgia y la Música en la Iglesia” en Roma en 1985, “Cuando los seres humanos alabamos a Dios, meras palabras no son suficientes…se necesita de la ayuda de la música”.

Tal ha sido la importancia de la música sacra en Europa que sólo fue a partir del siglo XVI cuando emergió de una manera significante la música profana. El auge de este tipo de música no significó, en cambio, un descenso en composiciones sacras, ni mucho menos. No hay compositor de renombre a quien no se le conozca por una obra sacra: El Mesías de Handel, Misa de Réquiem de Mozart, y el Gloria de Vivaldi. Inclusive, hubo compositores de la talla de Bach, Victoria o Palestrina que sólo compusieron música sacra en sus obras corales.

Camerata Cantabile
Gloria RV 159. Vivaldi 1 mv.
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